15 dic.- Lo sé, las elecciones se llevarán a cabo el próximo domingo y estamos a tres días, pero soy escritor y me carga, como decimos en Chile, hablar después de los hechos, ser general de batallas perdidas, o ganadas, escribir para parecer ubicándome en uno u otro campo, ser hombre sabio en la ignorancia.

Estamos a dos días y medio, 36 horas de que se abran las urnas de cartón, simbólico monumento a unas elecciones en que se puede decir con claridad, ganó fulanito, perdió fulanote.

El campo de los perdedores.

Perdió la Nueva Mayoría, la vieja concertación, aquellos que supieron llevar la transición de la dictadura a la democracia, pero que no entendieron que la democracia tiene un defecto: evoluciona, no se deja moldear, es una yegua chúcara y salvaje que no acepta ser montada por nadie y menos ser domada. Hembra de multitudes es capaz de romper las riendas que intentan conducirla y tomar un nuevo camino, más amplio, más estrecho, lleno de obstáculos pero una senda a explorarse, a abrirse, abrirse a aquellos que fueron olvidados en la historia.

Hubo una clara intervención del poder para conservar el poder. ¡Oh, se puede intentar justificar, y es justificable!, queremos conservar lo ganado, no regresar al punto de partida, tenemos voz, queremos votos.

Perdieron por lo que no entendieron que la voz la perdieron, que la voz surgió nuevamente, pero fuera de ellos, que no hay regreso sino un nuevo punto de partida en el cual lo viejo debe dejar paso a lo nuevo, aunque lo nuevo sean viejas promesas no cumplidas.

Quizás ganen el domingo, pero quedará esa fea sensación de tener la cabeza pesada en la alegría sabiendo que se comió demasiado de una comida recalentada, agria, mezquina, egoísta.

Perdí.

Perdió la derecha, la vieja derecha repitiendo un discurso rayado en el cual la gran diferencia con el pasado era la intensidad de la repetición, como si el repetir convenciera, confiriera verdad a su discurso.

Perdieron por lo que no cambiaron. Escuchamos, dijeron, ¿pero, qué escucharon en realidad? Quizás el sonido del caer de los votos de papel en el fondo de las cajas de cartón, no lo que esos votos pedían, no las manos rugosas o de joven piel, no las manos dolidas de empuñar las herramientas de trabajo, no las manos enrojecidas de aquellas que limpian las casas, no las manos agrietadas del campesino.

Escucharon las manos cubiertas de guantes blancos intentando blanquear una de las sociedades más desiguales del continente.

Más de una vez ambos discursos se encontraron, no mostraban diferencia, al parecer, el coincidir es el camino para conservar el statu quo y las prebendas.

Los gana-perdedores

El Frente Amplio, los jóvenes, aquellos que salieron de las aulas de clase, incluso de la cámara de diputados para ir en busca, no de un hombre justo -y cuán necesario es- para ir a la escucha del ruido de los estómagos vacíos y no de los estómagos satisfechos, para ir a la escucha del canto del viento de la esperanza. No de viejos cantos adormecidos, de nuevos cantos del futuro, aquellos que como la yegua indómita no se dejarán poseer para que la saquen de la senda.

Ganadores de la primera vuelta, conquistadores de nuevos horizontes, plagados de defectos, pero de defectos que enriquecen, que se miran entre sí, que se ríen de ellos mismos y se corrigen si les da la real gana o experimentan para conquistar el no saber y construir una nueva forma de hacer política.

Gané.

Los perdedores, el Frente Amplio. No por lo que no alcanzaran los votos necesarios para pasar a la segunda vuelta, ya habían cambiado la historia. Perdedores por que faltó la audacia necesaria para tapar sus jóvenes oídos a los cantos de sirena, modernos Ulises que olvidaron que hay momentos en la historia en los cuales el presente debe ser futuro y no pasado.

Perdí.

Los ganadores, a dos días y medio de la elección del nuevo presidente de Chile, la democracia y la historia, una nueva historia que espero se construya fuera de palacio, fuera de los bancos, fuera de los puestos de favor, una historia en que haya un solo ganador, hoy al igual que ayer, mi pueblo.

Gustavo Gac-Artigas, escritor chileno-americano, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista)