2 ene.- Tres elefantes ebrios de poder se levantaron al atardecer del 2018, ¿o sería al amanecer del 2019?, emitiendo, estruendosamente, discursivos sonidos por sus trompas y los tres enfrentaron dificultades en hacer reproducir sus discursos.

En uno de ellos, el del elefante albino, se culpó a la incoherencia del sonido, estridente, dominante, pero que en vez de expandirse se retraía sobre sí mismo, sonido muerto al nacer por lo vacío, por lo incomprensible, por no respetar las reglas de creación de la sinfonía del poder.

El elefante albino se revolcaba de rabia en su bosque al no ser adorado como pensaba era su derecho y de todos los animales es sabido que un elefante rabioso se aísla, se desboca y en salvaje carrera aplasta plantas, bosques, pulgas y cucarachas que se atraviesen en su camino.

El segundo elefante, un elefante rojinegro, un elefante soñador, se levantó su arrugada piel cubierta de cenizas, y su primer sonido atravesó el tiempo con notas con dejos de nostalgia del pasado, con asomo de porvenir, y en punta de pies comenzó su reinado desplazando a leones desplumados por el paso del tiempo y desgastados rugidos repetidos.

El tercer elefante se levantó con pasos militares, de su trompa salieron marciales notas y con discursos agresivos avanzó triunfador por la selva seguido por ingenuas cucarachas su pensamiento ensordecido por la estridencia de las marchas. Avanzó aplastando leyes y convenciones, aplastando a su paso al coqueto insecto por no mostrar la virilidad necesaria al nuevo tiempo. Al igual que los otros dos elefantes se sentía frustrado al no poder transmitir su discurso y su agresividad crecía y crecía como las llamas devorando el bosque alimentadas por el viento del populismo.

Las cucarachas temblaron al amanecer, unas, las que se creían más astutas se dijeron: la única manera de enfrentar el mundo de los elefantes es dominar de mano férrea mi cueva y su submundo, aplastar es el camino se dijeron (lecciones aprendidas de los elefantes) y de seis patas aplastaron a sus pueblos. Con una pusieron una barrera a los alimentos, y de todos es sabido que insecto con hambre es alimento de cucaracha, con otra pata los dividieron y de todos es sabido que insectos divididos siempre serán vencidos, con dos patas los abrazaron para que se sintieran protegidos, y con las dos patas restantes les taparon los ojos puesto que de todos es sabido que ojos que no ven, mente que no piensa.

En una isla, una vieja cucaracha, a los sesenta años, perdidas sus patas traseras se arrastraba penosamente entre sueños y consignas.

Soy cucaracha presidenta a vida, clamó una cucarachita en la cima de la montaña, soy cucaracha investida de poder divino, clamó la cucarachita Martina en Nicaragua, soy el cucarrón libertador de América, clamó la cucaracha sin ideas propias chapoteando en el petróleo.

Y las cucarachas del poder asentaron sus reales sueños soñando un día ser elefantes.

Las cucarachas viudas de poder suspiraban en sus cuevas rogando que un nuevo amanecer las volviera al poder en las sombras de la noche, en las sombras de la ignorancia y pudieran volver a alimentarse de la sangre de otros insectos.

Las pulgas, las últimas en el escalafón de este reino americano, se debatían entre evitar ser aplastadas por las patas de los elefantes, ser gobernadas por las cucarachas, o, valientemente dar batalla y defenderse a mordiscos intentando perforar la piel curtida de los paquidermos, separar con brazos de pulga las mandíbulas de las cucarachas diciéndose, las ingenuas, somos las más fuertes, seremos las reinas en esta escala zoológica en el bosque de nuestra América en el 2019.

¿Y los piojos?, se preguntará el lector, los piojos esperamos la llegada del 2020, año en que según el horóscopo, la paciencia de los gobernados se acabará.

(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista)