16 jul.- Hoy en día constituye un borroso trazo de pasado la imagen del militarote golpista o del populista iracundo echando abajo las puertas de la historia para tomar el poder por asalto: ahora de par en par se las abren desde dentro. Los asaltantes llegan a manos de la democracia con la intención, en la mayoría de los casos, de asfixiarla. Ya no se requiere derramamiento de sangre alguno; basta saturar el tiempo de desesperanzas.

Las condiciones para el triunfo de los aprendices de caudillos vitalicios son creadas, paradójicamente, por los partidos políticos tradicionales que fomentaron o solidificaron la democracia en sus respectivos países. La corrupción, la demagogia, la ineficiencia, la indolencia, el nepotismo, el compadrazgo, el sectarismo y otras aberraciones políticas afines de las cúpulas partidistas en decadencia crean en el electorado la ilusión de que la única opción de lo malo es lo bueno, olvidando que puede ser, en dirección contraria, lo peor.

El fenómeno no es nuevo: baste recordar el trágico caso de Adolf Hitler. Más recientemente, y en nuestra cercanía, sirve de ejemplo, aunque con buena dosis de sainete infausto, el caso de Hugo Chávez y su caricaturesca extensión de ignorancia con tono doctoral que han convertido la otrora próspera Venezuela en un estado fallido de mendicidad generalizada. Los partidos demócratas que emergieron tras la dictadura de Pérez Jiménez ya prácticamente desaparecieron por suicidio histórico. Como lógico resultado, en la Venezuela chavista los nuevos ricos son mucho más ricos que los del viejo régimen; y los pobres, mucho más pobres y numerosos.

En México, tras décadas de dictadura de partido, lo que se creyó un cambio de sistema con el de institución no resultó ser otra cosa que más de lo mismo, aunque con siglas diferentes. Una segunda oportunidad al PRI fue del todo desaprovechada y el país quedó rendido ante un populista obcecado por el poder que, tras militar en cuanto partido creyó le serviría de trampolín en su asalto al cielo, decidió frustrado crear una nomenclatura propia de nada disimulada demagogia que lo llevara, finalmente, a la añorada cúspide.

La íntima relación de López Obrador con el totalitarismo cubano no hace presagiar nada bueno. Es muy probable que al PRI y al PAN le esperen el mismo destino que a COPEY y AD en Venezuela: inocuas notas al pie de una página amarillenta de historia prematuramente envejecida.

En otras de nuestras naciones el poder real no tiene cariz político alguno. Partidos y gobiernos han pasado a ser, en la práctica, figuras decorativas, pues la delincuencia organizada rige los destinos del país, distribuyéndose la nación como en feudos autónomos, aunque no siempre coexistentes. No es de extrañar, entonces, que en algunos países latinoamericanos se añoren viejos regímenes dictatoriales que mantenían a raya la delincuencia, aunque fuese mediante el terror. En dichos lugares el sueño sublime de la democracia se ha convertido en una pesadilla aparentemente sin despertares.

De más reciente factura es la alianza táctica entre malhechores y dictadores en crisis, quienes utilizan a los forajidos para realizar el "trabajo sucio" de controlar la oposición democrática, sin descartar los asesinatos. Tal es el caso de Venezuela y Nicaragua, donde la ciudadanía carece de protección alguna ante los desmanes de tal nefasta coalición.

En el Viejo Mundo, las políticas malogradas de la Unión Europea están dando lugar a la aparición de frenéticos partidos antieuropeístas y/o secesionistas que es muy probable la desgajen cual árbol carcomido ante fieros vientos nuevos. El descontrol migratorio que muchos culpan no es causa del sueño fallido, sino uno de sus efectos; la diseminación del "brexit", la única opción tangible en la mente popular, que ve a Bruselas como dogal extranjero.

Mientras, nuevos y viejos regímenes autoritarios vecinos observan con atención a la espera del convite, que posiblemente haya comenzado con Crimea como la primera tajada del ansiado pastel. Así las cosas, o la Unión Europea evoluciona hacia lo que pudiera ser Estados Unidos de Europa, o habrá de quedar más fragmentada, disminuida y débil que nunca, pues la Historia no es adicta a los términos medios. Una nación sin control de sus fronteras no es nación, sino provincia de un país. En la actualidad los países europeos son poco menos que provincias de una nación todavía inexistente; frutos de un árbol que no fue en inexplicable inversión histórica.

En España en particular, la exitosa transición pacífica a la democracia tras la muerte de Franco no supo crear condiciones de unidad nacional como en Francia tiempos ha, donde los catalanes, en sentido general, se sienten tan franceses como los parisinos y orgullosos de ostentar uno y otro gentilicio. Las concesiones de los gobiernos españoles postfranquistas a las burocracias regionales superan, en algunos casos, el grado de autonomía de sus homólogas de estados federales. Es más, recientemente ha llegado al poder, mediante lo que no puede catalogarse como otra cosa que un golpe parlamentario, quien había sido reiteradamente rechazado en elecciones libres: ni un solo voto avala el mandato de Pedro Sánchez. Y lo más preocupante es que su alianza para hacerse inquilino espurio de la Moncloa fue con partidos que tienen como objetivo la destrucción de la nación española como unidad histórica, tal cual una siniestra metáfora de la víctima afilando presurosa el hacha de su verdugo.

(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista)