17 dic.- En un mundo globalizado en el cual, en apariencia, tenemos acceso a la información y al conocimiento casi universal, en cuyas autopistas tecnológicas, en apariencia tan democratizadoras nada nos es negado, mundo surcado por terribles cicatrices como la de la desigualdad económica o más terrible y dolorosa aún, la desigualdad educacional que encuadra el pensamiento y no permite analizar la información puesta al alcance de la mano, mundo marcado por las cicatrices imborrables del racismo, la corrupción, la autocracia y acostumbrado a elegir de entre dos males el menor, lentamente avanza la construcción de la ruta de la seda.

¡Marco!... ¡Polo!, juegan los líderes del mundo.

Pero esta vez no se trata del intrépido veneciano, que, alejado del mundanal ruido y del comercio desde una celda nos relata sus aventuras en China y nos abre paso a un mundo de maravillas.

No se trata aquí de analizar el carácter histórico de la ruta de la seda, sino de establecer que estamos frente a la reconfiguración de la ruta de la seda, frente a un reordenamiento de la economía mundial y que esta ruta no está fragmentada, por el contrario, está muy bien diseñada por la segunda potencia mundial, China.

Algunos dirán que los chinos se están apropiando de puertos que son claves para controlar estratégicamente el comercio mundial, pero quienes así piensan están tomando en consideración un solo componente y cierran los ojos a una visión totalizadora de la situación.

Es evidente que junto a los puertos que garantizarán la ruta marítima se necesita desarrollar una infraestructura de carreteras para transportar los productos que alimentarán el vientre insaciable de los barcos mercantes. Se necesita de líneas ferroviarias que penetren las selvas y crucen los desiertos para sacar materias primas en el norte de Brasil, de corredores que crucen los desiertos, las montañas y praderas para unir los océanos haciendo que la ruta sea una y continua, que al mismo tiempo permita la circulación de las materias primas vitales para el desarrollo de China y la salida de los bienes allí elaborados hacia Asia, Europa, África y América Latina.

En una nueva perspectiva, esta renovada ruta de la seda se propone desarrollar las ciudades por las que cruce, crear complejos industriales para que nadie se sienta dejado atrás en la bonanza. Necesita que en las ciudades que la ruta atraviese se produzcan bienes para alimentar camiones y vagones y que simultáneamente se desarrollen como mercado de consumidores. Necesita igualmente que se creen escuelas y hospitales para cuidar de la población, recordemos "mens sana in corpore sano" es más productivo. Necesita de estabilidad política, protegerse de incómodas revoluciones o revueltas sorpresivas generadas por el descontento.

Esta nueva ruta de globalización del comercio necesita de grandes inversiones y que a la inversión financiera del Estado chino calculada en más de un billón de dólares se sume la de pujantes empresas privadas las que de hecho ya se han sumado. Pero dado el carácter irracional, desordenado y agresivo de sus inversiones, el gobierno se vio obligado a poner orden y a redefinir los sectores "sensibles" para limitar las inversiones en el extranjero y a flexibilizar las reglas en otros rubros como las telecomunicaciones, la adquisición de tierras, los proyectos energéticos, etc.. Nada que ponga en peligro la estabilidad interna de China sea política o financiera será permitido. Las inversiones de las empresas deben enmarcarse en el plan estatal, en la diplomacia del país, en la visión económica de la ruta de la seda.

La inversión del Estado chino se está dando a través de generosos préstamos a países que día a día se endeudan sobre sus capacidades reales de pago hipotecando así sus recursos naturales.

El presidente Xi Jinping anunció en septiembre del 2018 en el séptimo Foro de Cooperación Sinoafricano la concesión de 60.000 millones de dólares más en créditos para el desarrollo económico del continente africano, préstamos que recuerdan la política colonialista.

Según datos del FMI, Yibuti, un pequeño país de menos de un millón de habitantes, sin riquezas naturales, pero estratégicamente ubicado en la ruta que conecta Asia con el Mediterráneo, el que dada su importancia alberga bases militares de Francia, Italia, China, Japón, Arabia Saudita y Estados Unidos, vio pasar su deuda pública de 50 a 85 % de su PIB debido a créditos otorgados por un banco público chino, el Exim Bank.

Malasia anuló un préstamo por 22.000 millones de dólares destinados a financiar proyectos de infraestructura por su peso en la deuda pública del país.

En Latinoamérica, Venezuela continúa recibiendo préstamos para sobrevivir o saciar el apetito de corruptos gobernantes y su fuente de riqueza, el petróleo, está hipotecado por años luz.

No solo de pan vive el hombre, pero sin pan no sobrevive.

(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista)