16 mar.- Al atardecer tras una masacre, o al amanecer del próximo día, siempre nos preguntamos ¿por qué?, cual si quisiéramos conjurar el mal, sentirnos mejor, alejar el horror y pensar: si entendemos las causas podemos evitar una masacre en nuestro entorno, en nuestro entorno, no en el de los otros, en el nuestro.

Y cada masacre es diferente. Una masacre como la acaecida en Nueva Zelanda en dos mezquitas, 49 muertos a la hora de la oración, tiene una explicación: supremacista blanco cegado por el odio racial. Cierto, pero no es suficiente.

Una masacre en una sinagoga en Pittsburg, 11 muertos durante una fiesta infantil y servicios religiosos tiene su explicación: ataque antisemita, supremacista blanco cegado por el odio en este caso a los judíos. Cierto, pero no basta.

Masacre en el Bataclán, 137 muertos, varios ataques suicidas dirigidos a una población escogida al azar, terroristas islámicos empleando fusiles de asalto AK-47, terroristas cegados por el odio a los infieles, a los ofensores de Alá. Cierto, pero no basta.

La masacre en Las Vegas durante un festival de música country, 54 muertos, el autor sin afiliación política, sin conexión con grupos ultra sea americanos o del extranjero, jubilado, 64 años, masacre sin motivo aparente, psicópata imposible de detectar. Cierto, pero no basta.

La masacre en una iglesia símbolo de la lucha negra contra la esclavitud en Charleston, durante una hora de estudio de la biblia, 9 muertos, masacre racista fríamente calculada tiene una explicación: odio ciego contra el color de la piel, contra aquellos "que están violando nuestras mujeres y se están apoderando de nuestro país", odio ciego, cierto, pero no basta.

Masacre de estudiantes en..., por exalumnos cegados por el odio, tienen una explicación en un mundo que se está volviendo loco, cierto, pero ello no basta.

No es solamente el racismo o una ceguera religiosa, o la amargura de seres fracasados que se sienten abandonados en esta sociedad, que piensan que les robaron sus puestos de trabajo, su futuro. No es el crecimiento exacerbado de los grupos supremacistas, neonazis, o terroristas islámicos. No es la desigualdad social y el resurgimiento del populismo sea este de derecha o de izquierda. No son los discursos incoherentes de irresponsables gobernantes que, sin saberlo, o sabiéndolo muy bien, incitan al odio, una forma como otra de mantener su base electoral.

Es todo esto, pero no basta, las masacres son similares, pero a la vez diferentes, algo debe haber en común, ¿el odio?, sí, pero no basta, ¿la ceguera política o religiosa, el fanatismo?, sí, pero no basta, ¿el lobo solitario, ser antisocial?, sí pero no basta.

Y al escarbar en las declaraciones de uno y otro, de los autores sobrevivientes, de sus manifiestos de enajenación comienza a aparecer un lazo común: el miedo, no al color de la piel, no al trabajador, no al velo, no al kipá, el miedo es a que nos reemplacen, concepto que regresa en ellos, el miedo a que cambien lo que es nuestro, nuestro entorno, nuestro modo de vida tal como lo conocemos, el miedo a que salgan de los guetos y nos invadan, no que se asimilen a nuestras costumbres, no, a que se mezclen con nosotros y nos cambien, el miedo a aceptar que vivimos el fin de una sociedad y el nacimiento de otra, esa desconocida que hoy nos invade.

¿Qué podemos hacer?

No sé, ¡el miedo es tan fácil de expandir y tan difícil de combatir!

Me siento impotente, y me da miedo.

(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista)