24 ene.- Antes de emprender la ruta, veamos cómo llegamos a este momento, por un lado un gobierno que partiendo de principios supuestamente revolucionarios lleva a Venezuela a una catástrofe económica sin precedentes, a una corrupción con precedentes y a una pérdida paulatina de la democracia hasta llegar a un presidente producto de unas elecciones consideradas fraudulentas por la gran mayoría del mundo en una deriva hacia el autoritarismo o, sin eufemismos, hacia la instalación de un régimen dictatorial.

Sin tener el carisma de su predecesor, se viste de poderes sobrenaturales, viaja al futuro, ve y regresa, y lo dice seriamente, para añadir "y les puedo asegurar, el futuro es bueno".

Asume, en lo que llama una alianza cívico militar -una forma como otra de amedrentar- todo el poder, por supuesto adornado de una fraseología trasnochada y poco creíble, flaco favor que les hace a las fuerzas progresistas de Latinoamérica.

En el otro extremo, una oposición que se fue debilitando por su imposibilidad de llegar a un acuerdo, de conformar un frente y entregar una propuesta clara de gobierno, a lo que hay que añadir, cierto es, que algunos de sus líderes eran encarcelados por el régimen apenas levantaban cabeza y que cientos de miles de emigrantes huían del país por la situación que atraviesa Venezuela.

Una oposición que fue perdiendo presencia en las calles pero que logró ganar electoralmente la Asamblea Nacional, órgano legislativo, último refugio frente a la dictadura, Asamblea declarada ilegítima por Maduro.

Y en este país digno representante del realismo mágico, aparece el desconocido, al igual que en otras partes se levanta sorpresivamente un, o una, líder joven, aquel o aquella que toma el riesgo por otros no asumido, que dice lo que piensa sin adornos, y en un pueblo cansado, que se ve sin futuro, hastiado de promesas vanas, la joven figura hasta ahí desconocida se levanta en el horizonte, hace que la esperanza vuelva, que las calles se llenen nuevamente, que sectores de barrios que el régimen pensaba poseer por favores realizados, prebendas entregadas, cambien de bando y se sumen al rechazo, se sumen al grito masivo de un pueblo exigiendo un cambio, una salida democrática.

Juan Guaidó, el joven diputado de 35 años, frente a una concentración masiva, se autoproclamó presidente encargado de Venezuela, alegando una cláusula constitucional que permite asumir el poder en caso de vacío de este.

En menos de veinticuatro horas el mundo se divide frente a esta nueva situación, aquellos que apoyan la legalidad de la Asamblea, desconocen la legalidad de Maduro y reconocen como presidente a Guaidó y los que reconocen a Maduro, entre los primeros, la mayoría de los países latinoamericanos, a excepción de México, Bolivia, Nicaragua y Uruguay que se ubican entre los segundos. A nivel internacional Guaidó recibe un gran apoyo, el de la Unión Europea, más a la Asamblea que al recién autoproclamado presidente, el de Trump, apoyo este último que sirve a Maduro para desviar las verdaderas razones de la crisis y culpar al viejo enfrentamiento entre el imperialismo norteamericano vs el pueblo revolucionario y libertario.

Rusia apoya a Maduro, y no es de extrañar, busca recuperar su influencia frente a la retirada de la influencia norteamericana, quien bajo la actual administración vuelca su interés hacia el interior de sus fronteras y que sospechosamente se manifiesta tan rápidamente sobre Venezuela, quizás para desviar la atención de su pueblo frente a los problemas internos y la caída de popularidad de su presidente al acercarse un nuevo periodo electoral y con un cierre de Gobierno en lo que constituye el cierre más largo de la historia de los Estados Unidos.

China reconoce a Maduro y cuida sus intereses, sus enormes inversiones, la gigantesca deuda de Venezuela, protección de la nueva ruta de la seda en un país clave.

El resto se divide, al interior de los países se dividen los partidos de acuerdo con sus intereses, los organismos internacionales comienzan a pronunciarse cautelosamente, con guantes de seda para no meter las manos en la masa y comprometerse. "Diálogo", comienzan a repetir, en Davos, en uno y otro lado del océano, "diálogo", hoy como ayer, "diálogo".

Venezuela está en la encrucijada, y lo que pase hoy, mañana o en las próximas semanas puede definir su destino por largo tiempo, diálogo, sí, buscar una salida sin enfrentamientos, sí, evitar una masacre, sí.

Pero un llamado al diálogo debe ser claro, diálogo como salvavidas para Maduro, no, cada vez que este enfrenta un problema mayor usa el llamado al diálogo para ganar tiempo. Un diálogo tiene que tener condiciones: un gobierno de transición, llamado a elecciones libres y con garantía de observadores internacionales y ello en un plazo corto, quizás 30 días. El tiempo juega contra la oposición, el tiempo juega contra el pueblo en las calles. Diálogo con el compromiso de Maduro y su gente de dar un paso al costado, el compromiso del otro presidente, dado que Venezuela tiene dos, de aceptar el resultado de las elecciones.

El compromiso de las fuerzas armadas de evitar un baño de sangre y ser imparciales. Golpe de Estado militar, no, fuerzas armadas deliberantes, no, que regresen a sus cuarteles, que saquen la mano de las arcas del Estado los generales corruptos.

Se avecinan momentos difíciles, orden de expulsión de la misión diplomática norteamericana por parte de Maduro al romper relaciones diplomáticas, pedido de quedarse de Guaidó y anuncio de permanencia en Venezuela por parte de los Estados Unidos. Diosdado Cabello, quien ha tomado la voz cantante y dura del régimen ya amenazó: se puede cortar la luz y el gas en esa área.

Surgen interrogantes, ¿hasta donde llegarán las amenazas?, ¿hasta dónde el enfrentamiento?, ¿será capaz de mantenerse el nuevo presidente?, ¿propondrá medidas claras y pasos a seguir?, ¿reaparecerán las divisiones en la oposición?, las fuerzas armadas, la gran incógnita, ¿seguirán fieles a la revolución bolivariana?, ¿están esperando su momento?, ¿hasta qué punto son monolíticas?, ¿se conformarán con ser solamente garantes del orden y no parte del poder?, ¿el apoyo internacional flaqueará?

Como vemos, más preguntas que respuestas, Venezuela se encuentra en una encrucijada y puede, debe ser acompañada para salir de ella, por el bien del pueblo venezolano, por el nuestro al recuperar sentido la palabra diálogo, democracia, elecciones, libertad de prensa, bienestar de un pueblo y evitar la destrucción de la riqueza de Venezuela y en ella de su principal recurso, su gente.

(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista)